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Rutas de Carlos V: Tazones-Tordesillas-Mojados (2)

Prosigue el viajero su caminar por la ruta que recorrió el Emperador Carlos allá por 1517 en su primera visita a los reinos españoles. El destino, Tordesillas, en la tierra castellana. Hasta llegar a ella, muchas cosas que contar. Y otras tantas una vez alcanzada dicha villa. La ruta, que es así.

Luce el sol cuando el viajero llega a Aguilar de Campoo. Llega contento pues, a diferencia del Emperador, él apenas ha sufrido penalidades en su caminar.

—¿Y fueron muchas las de ese señor? —le preguntan en su plaza, que lleva por nombre el de este país, España. Preciosa, porticada, una delicia a sus ojos.

—Pues unas pocas. Ya se lo puede figurar.

Y vaya que lo fueron. Entre Villaviciosa y Colunga, un aguacero de muy padre y señor mío que empapó a toda la Corte; en la montaña de Santander, una tormenta que azotó a la regia comitiva durante todo el camino. Y el Emperador —que aún no lo era. Nunca viene mal recordarlo—, que ya venía tocado desde San Vicente de la Barquera, ni siquiera quería ver a sus bufones, que tanto le hacían sonreír. Así que, para recobrar el ánimo, la comitiva permaneció cuatro días en esta villa palentina, que aún conserva un arco renacentista labrado en piedra que recuerda la época del Emperador.

—¿Lo ha visto ya?

—Sí, y muy bonito.

—¿Hace un vino? —le propone al viajero un hombre de aspecto desgarbado que decidió pegar la hebra un rato con él.

—No sé yo…

—¡Ande, ande!

Porque desde Aguilar de Campoo hasta Valladolid el camino no supuso demasiadas dificultades para la comitiva real. Una vez dejada atrás la montaña, la ruta hasta parecía sencilla, pero siempre aparecen dificultades que entorpecen el caminar. Como el vino, que conocieron por estas tierras y que dejó tocado a más de uno y de dos. «Enfermos todos ellos por los excesos que habían hecho de beber los fuertes vinos de esta tierra», dejó escrito al respecto Laurent Vital, cronista del Emperador.

—¿A que no es para tanto?

—Entra, entra bien…

Y de Aguilar de Campoo, a Tordesillas. De parecida manera a como lo hizo el Emperador. Con mucha calma, deleitándose con el paisaje, con sus olores y colores. Herrera de Pisuerga, Abia de las Torres, Revenga de Campos, Becerril de Campos… Sigue la ruta con devoción, y eso le lleva a prescindir de la famosa esclusa —triple— del Canal de Castilla, cerca de Calahorra de Ribas, esa colosal obra de ingeniería del siglo XVIII que junta las aguas del Carrión y del Pisuerga.

—Ya ve usted las cosas que se hacían por entonces… —le comenta un lugareño al viajero tras anunciarle que no visitará tan admirable obra.

—Pues no estaba mal tirada esta cosa, precisamente.

En el ánimo del viajero sólo hay espacio para Tordesillas, a la que llega tras dar un pequeño rodeo tal y como también hizo el Emperador. Él deseaba ver a su madre, la reina Juana, y el viajero alcanzar la villa para deleitarse con ella.

Y vaya si lo hace. Tordesillas huele a historia, sabe a historia. Aquí se firmó el tratado que lleva el nombre de la villa, y que dividía el Atlántico por medio de una raya trazada de polo a polo 370 leguas al oeste de las islas de Cabo Verde. El hemisferio oriental para la Corona de Portugal y el occidental, para la de Castilla; y aquí penó en vida la reina Juana, a la que tildaron de loca y tuvo una de esas existencias que jamás querríamos para cualquiera de nosotros.

—Unos pocos años estuvo encerrada.

—Pues 46, ¿qué le parece? —precisa el viajero a otro lugareño, ya en Tordesillas, que también se le pega para darle a la de sin hueso.

—Pues mal, ¡qué me va a parecer! ¿Y usted cree que estaba tan loca para llegar a eso?

—Loca, loca…

Tanta historia despierta el apetito del viajero, al que han hablado, y muy bien, del Gallo Turresilano, criado en los corrales de la villa y elaborado según una antigua receta, y no menos bien de las legumbres de la zona. Todo ello aderezado del buen pan que se estila por estos lares —candeal, lechuguino, cuatro canteros…— y regado por los vinos del lugar, de los que también le han hablado maravillas.

—¿Y de postre?

—Lo que usted considere menester.

Pues de aquí son típicos los amarguillos, los canelos, las tartas de hojaldre y queso. Y, cómo no, su famosa leche helada acompañada de barquillos y obleas.

—¿Y entonces se va a llegar hasta Mojados ahora?

—Con calma, con calma…

Que las prisas nunca fueron buenas consejeras y el Emperador Carlos llevaba mucho tiempo sin ver a su madre. Así que, como el viajero no tiene a la suya por aquí, decide dar un paseo para bajar la comida. Luce el sol y el ambiente es agradable. Le da por tararear una canción de ese caminante que tan famoso se hiciera con una mochila a cuestas. Y le canta mientras camina:

—«Somos como esos viejos árboles batidos por el viento que azota desde el mar…».

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