Mojados Carolus V emperor

Rutas de Carlos V: Tazones-Tordesillas-Mojados (y 3)

Al fin, Mojados, el fin de la ruta. De esta ruta, quiere decir el viajero, porque aún le resta acercarse a Valladolid. Que esa también es tierra para detenerse, para saborearla, para conocerla con calma. Ahora, lo suyo es Mojados, que tiene mucho que contar y que mostrar.

A Mojados se acerca el viajero porque allí tuvo lugar, hace algo más de 500 años, el encuentro entre el Emperador y su hermano Fernando.

—¿El que con el tiempo se convertiría en su sucesor en el Imperio?

—Ese, ese.

—¿Y qué tal fue el encuentro?

—Dicen las crónicas que Carlos recibió a Fernando con gran y fraternal amor.

—Que fue bien la cosa, vamos.

—Pues sí.

En Mojados se puede encontrar el espíritu del Emperador Carlos por todas partes —que Fernando también lo fue, así que vamos a ser precisos—. Tanto, que hasta existe un museo dedicado a su figura: una sala multimedia que el viajero visita con calma, sin prisa, porque le gustan las cosas bien hechas y aprendidas. Costumbres de la época, vestimenta, armas… Todo tiene cabida en un museo que merece mucho la pena visitar. Como muestra, este botón. En definitiva, un museo dedicado en exclusiva a su figura.

—¿Qué le ha parecido? —le pregunta uno de lugar al ver al viajero salir del recinto.

—Muy bonito y mejor montado.

—Por aquí se le tiene cariño al Emperador.

—Me consta.

¡Y tanto que le consta! Como que, sin ir más lejos, y para conmemorar el encuentro entre los dos hermanos, el pasado año los bares del lugar organizaron una parranda —‘¡Mojados tapeando! Corazón de un Imperio’, se llamó— que incluía bebida y pincho en honor del Emperador Carlos.

—¿Y para comer? —pregunta el viajero al lugareño. Las tripas le piden algo con qué calmarlas.

—Siga el rastro del olor, sígalo.

Dicho y hecho, el viajero se deja guiar por su instinto y olfato, y entre la variedad escoge un lugar para calmar el apetito, que ya le advirtió el lugareño que aquí no se hacía nada mal. Pimientos, alcachofas… La huerta, bien surtida, y las carnes —el entrecote, de los que hacen afición—más que apetecibles, que regadas con los vinos del país ya es algo de ovación y vuelta al ruedo.

—¿Ha comido usted bien?

—Y a usted, ¿qué le parece?

—Por cómo dejó el plato, bien.

—Pues eso.

Y tras el cielo, vuelta a la tierra. Y la tierra es un paseo por la villa, que tiene un paseo más que apetecible. La casa del Conde Patilla, la Ermita de Nuestra Señora de Luguillas, la Fuente del Caño, la iglesia de San Juan…

—¿Se va a quedar mucho?

—Ya me gustaría, pero una vuelta no me la quita nadie.

—¿Y luego?

—A Valladolid.

Hacia ella encaminará sus pasos el viajero, que anda de celebración con el Quinto Centenario de las Cortes que presidió, precisamente, el Emperador. Y es que Valladolid siempre merece una visita. De paso, rendirá homenaje a Don Miguel, lo cual también le place al viajero. Don Miguel es Delibes, y de él se considera deudor. Que la visita le merecerá la pena, vamos.

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