Monasterio de Yuste Red de Rutas Imperiales

Camino de los Jerónimos (1: Monasterio de Yuste y Cuacos de Yuste)

Una ruta desde el Monasterio de Yuste hasta el de Guadalupe

El viajero, que es curioso por naturaleza, se echa al camino animado por el buen tiempo —es comienzo de primavera y Extremadura está preciosa— y por lo que quiere ver y mostrar, que es mucho. En el comienzo, Yuste, y en el final, Guadalupe.

Ante sus ojos, el retiro imperial, pues no se conoce otro mejor que éste. Yuste, donde el Emperador llegó allá por el 3 de febrero de 1557 para poner su alma en paz con Dios, y que abandonó camino de su encuentro la madrugada del 20 al 21 de septiembre de 1558. Un recinto que huele a historia, tanto o más que el aroma a hierba recién cortada que le embriaga. Y se lo imagina dando paseos junto a su mayordomo, el fiel Méndez de Quijada; o bien discutiendo los pormenores de su gota junto al médico Mathys —o Matisio, como le llamaban por estos lares—.

—Que bien le gustaba llenar el buche al amigo —le comenta un visitante al viajero, un anciano con ganas de darle a la de sin hueso.

—Un tanto, desde luego.

Yuste merece una visita pausada, subir por esa pasarela empinada, deleitarse con el paisaje desde la balaustrada, detenerse en cada estancia; sentirse uno como el Emperador, en definitiva. Y asusta el recogimiento que se respira en el interior del palacio que ordenó construir junto al Monasterio. La exhibición de chimeneas —grande era el frío que tenía, decían sus cronistas, siempre encendidas, siempre rugiendo—, la negrura de los cortinajes, la sensación de asfixia de su cámara, la cama tan estrecha, y la sensación —única, emocionante— de pisar las mismas baldosas que él camino de la abertura que se le practicó en la pared adosada a la Iglesia para que pudiera asistir a misa sin necesidad de levantarse. Demasiados achaques, mucho el cansancio de un hombre que no supo lo que era permanecer más de unos meses en el mismo lugar salvo los primeros años en compañía de su amada Isabel.

—Un culo de mal asiento, vamos —le suelta el anciano al viajero, al que se encuentra en la iglesia del Real Monasterio de Yuste.

—¿Y no cree usted que es más bien la cantidad de asuntos que tenía que atender por todo su Imperio?

—Pues ya que lo dice… —Contesta para, después, quedarse pensativo—. Puede ser…

El cementerio alemán de Cuacos de Yuste

El sol invita a salir, a pasear. Así que, cuando el viajero echa a andar, atrás queda la bella factura del Monasterio y del palacete adosado al mismo. Se levanta el viento, que juega con las ramas de los robles, que azota los brezales y escobonales, y el viajero toma el camino que lleva hasta Cuacos. Un camino bien trazado, empedrado, el que se detiene tras recorrer un centenar de metros. Le llama la atención una de esas rarezas que le llevarán a hacerse un montón de preguntas cuando abandone estas tierras: ¿qué hace un cementerio de soldados alemanes fallecidos durante la primera y segunda guerras mundiales aquí? ¿quién tuvo la idea? ¿Por qué Yuste? Una vez dentro, la visión sobrecoge: cerca de 160 tumbas dispuestas en forma de cruz con sus respectivos nombres, cargos y fecha de fallecimiento. Una de esas imágenes que recuerda a los cementerios que salpican las costas del norte de Francia y que aparecen en tantas y tantas películas. Wolfram, sargento, 1944; Hans, soldado, 1943; Dieter, soldado, 1941… Cuerpos que encontraron solar y descanso eterno a poca distancia de quien fue su emperador siglos antes, y que después lucharía contra los que consideraba príncipes díscolos.

—¡Las vueltas que da la vida! —le dice una mujer al viajero. Otra visitante más del lugar, como él.

—No lo sabe usted bien.

La mujer se santigua. Siente pena. El viajero, también a su manera. Sobrecoge el silencio, tanta cruz dispuesta de manera ordenada, como si de un gigantesco panel de fichas de dominó a la espera de un dedo que las empuje se tratara. Decide abandonar el recinto cuando las preguntas comienzan a agolparse en su cabeza. A alguna intenta darle respuesta hasta que, al fin, aparece el caserío de Cuacos de Yuste ante los ojos del viajero. Porque si París bien merecía una misa, Cuacos de Yuste también una visita. Pausada, tranquila, que el mundo no se hizo para correrlo deprisa.

—Baje usted a la plaza, luego siga hasta la de los Chorros, ¡y no se olvide de la iglesia! —le aconseja un lugareño al viajero.

Ni tampoco de la casa de Juan de Austria, aquel mocoso que llegó a la villa tal que un día de mediados de 1558 reclamado por el mismísimo Emperador, sin saber que se trataba de su padre; ni mucho menos que, con el tiempo, se convertiría en el héroe de la Batalla de Lepanto. Cuacos es para verlo con calma, y si es armado de una bolsa de lo que por aquí llaman floretas, virguerías hechas con huevo y harina y bañadas en miel, de las que el viajero hizo acopio en una tienda que le recomendó el lugareño mencionado, mejor que mejor. Que el estómago vacío no es cosa buena, y con dichos dulces halagando su paladar resultan más apetecibles las visitas a la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción y a la Plaza de los Chorros. Aquí murmura el agua, que calla al oírse una voz dulce, afinada. Y qué bien canta, le parece al viajero:

“Como junco de ribera

Mi amante es alto y buen mozo

Como junco de ribera

Es de los mejores mozos

Que pasean por La Vera…”

El viajero toma asiento junto a la pared de una casa quedando la fuente delante de él. Además de descansar, da buena cuenta de una de las floretas que lleva en su morral y escucha la jota que alguien —una chica, no tiene duda— se había arrancado a cantar. Y envidia al mozo protagonista de aquella jota. Una suerte tener a alguien así que te quiera en los tiempos que corren.

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