NAVALMORAL DE LA MATA CAROLUS V EMPEROR

Camino de los Jerónimos (2: Talayuela, Navalmoral de la Mata, Peraleda de la Mata)

Segunda parte del Camino de los Jerónimos, que transcurre entre el Monasterio de Yuste y el de Guadalupe

El viajero prosigue la Ruta de los Jerónimos. Con el sabor de las floretas que se metió para el cuerpo en Cuacos de Yuste, le esperan las tierras del llamado Campo Arañuelo. El destino, oculto tras montes y sierras, el Monasterio de Guadalupe.

A su espalda, el murallón nevado. La sierra de Gredos emerge tras el viajero como ese gigante siempre avizor, pero también protector de una tierra a la que resguarda de nevadas y fríos, cuando llegan, y de lluvias y vientos cuando se tercian. Afronta, pues, las tierras del Campo Arañuelo con paso previo por Talayuela.

—¿Y va a pasarse mucho allí? –le pregunta otro viajero que también detuvo su camino para repostar gasolina.

—Lo que sea menester.

—Le van a sorprender, ya lo verá. Parecen poca cosina viniendo de donde viene, pero no se deje engañar por la primera vista.

—Lo tendré cuenta.

Talayuela, un crisol de culturas

Y negociando las últimas curvas antes de acceder a Talayuela, rebasando rotonda tras rotonda, que unas cuantas hay, el viajero, asintiendo en silencio, recuerda las palabras que le dijo el que pegó la hebra un rato con él en la gasolinera: la primera vista de Talayuela no invita al optimismo. Pero hace caso a las indicaciones y se deja guiar por su instinto, que también tiene por fiable, y aparca en el primer hueco que ve libre ya dentro del casco urbano.

—¿Ha venido a ver algo en especial? —le inquiere una buena mujer, ya mayor, pero con unas ganas tremendas de darle a la de sin hueso.

—Lo que pueda.

—¿Ya le ha contado de dónde viene su nombre?

—Pues no.

—Parece ser que existió por aquí una atayuela, una torre de vigilancia, ¿sabe usted? Se ve que por aquella época venía bien para vigilar si venían a atacar no, y con ese nombre nos quedamos. ¡Fíjese que hasta el equipo de fútbol se llama Atalaya!

—Muy agradecido por la información.

—De nada, ¡con Dios!

El viajero se interna por las calles de Talayuela, las recorre con calma; un crisol de culturas, de música, de aromas. Puede que poco o nada quede de aquel lugar fundado en el siglo XVI a partir de Plasencia, pero bien merece una visita, aunque sólo sea por empaparse de su sabor, que es mucho.

—Pues Navalmoral lo tiene usted bien cerca —le asegura un lugareño al que el viajero preguntó por la distancia que le separa de su siguiente destino—. Una cosina, nada más.

Navalmoral de la Mata, la magia de la sorpresa

Desde el coche, y conforme se acerca, Navamoral de la Mata asemeja ese gato acostado junto a la pared que lo resguarda; un muro —no tan alto como Gredos— que lo protege y por cuyas faldas ahora circula la Autovía de Extremadura. Aparca el coche junto a la estación de tren y se deja llevar. Ha leído cosas acerca de la localidad. Por aquí pasaron romanos y visigodos, que alguna huella dejaron por los alrededores, y le apetece, y mucho, adentrarse por sus calles, algunas angostas, otras anchas como la palma de su mano y con un sabor parecido al de la cercana Talayuela.

—¿Ha visto usted la iglesia de San Andrés?

—Aún no.

—Vaya, vaya a verla –le recomienda un lugareño al viajero.

Y ahí se va, a visitarla. Bonita, pequeña. Iniciada en el siglo XV y finalizada en el XVI, merece una visita reposada. Algo más grande que la Ermita de las Angustias, que contempló antes, nada más aparcar el coche. El viajero mira el reloj y se piensa si come ya o se espera a Peraleda.

—Tampoco está demasiado lejos —le dice un transeúnte al que pregunta.

—¿Una cosina?

¡Velaílo!

Peraleda, ese cruce de caminos

Al fin, toma el coche y se decide acercarse hasta Peraleda, un cruce de caminos. La trashumancia dejó aquí su huella, y mucho antes también los romanos. De hecho, se cree que existió algún tipo de poblamiento en lo que era el cruce de dos calzadas romanas. Lo que sí tiene claro el viajero es que Peraleda es villa desde el siglo XVII.

—¡Y muy nombrada! —le advierte un anciano, junto al que aparcó el coche.

Y dicho y hecho, se pone a caminar. Tiene por delante –le explicó el anterior anciano— la Ermita del Santísimo Cristo de la Humildad, la Iglesia Parroquial de Santiago Apóstol y la Plaza de España, donde le han dicho que eche un ojo a La Pilata, una fuente la mar de curiosa y con historia.

—¿Quiere que se la cuente? —se ofrece un lugareño al pie del restaurante donde el viajero va a entrar a comer.

—Luego, que tengo hambre.

—¿Y ya sabe lo que va a comer?

—Si me recomienda usted…

—No deje de probar los galipiernos, ¡le van a encantar!

Y con el consejo en la cabeza entra en el restaurante a llenar el buche. Luego seguirá de visita, que le vendrá bien para bajar la comida. Y más tarde pensará si se queda a dormir por la zona o se decide a llegar hasta Guadalupe. Aunque, por el camino, aún le quedan muchas cosas por ver. Pero que muchas.

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