GUADALUPE CAROLUS V EMPEROR

Camino de los Jerónimos (3: Navalvillar de Ibor, Castañar de Ibor, Bohonal de Ibor, Guadalupe)

Tercera y última parte del Camino de los Jerónimos, que transcurre entre el Monasterio de Yuste y el de Guadalupe

—¿Y a dónde dice que va usted?

—A Guadalupe.

—¿Y lleva prisa?

—Según, ¿por qué?

—Porque debería de ver el arco que hay junto al pantano. ¡Una maravilla, ya le digo yo!

El anciano que se pegó al viajero a punto de abandonar Peraleda de la Mata le da una recomendación, que ya llevaba apuntada. Y a ello va. Atrás queda Peraleda. Por delante, el camino hasta Guadalupe. Cayado en una mano y mochila al hombro, el viajero se echa a andar.

Y en nada se planta en Navalvillar de Ibor. Buen queso y mejores bordados, le dijo aquel anciano. El río Ibor la baña y una de las laderas de la sierra de las Villuercas le sirve de almohada.

—¿Ha probado el queso? —le preguntan al viajero.

—¡Pruebe, pruebe!

Y con un trozo de queso en la izquierda —que le está alegrando la tarde— y el cayado en la derecha, el viajero recorre con calma las calles de la población, de la que se tiene constancia desde 1293, durante el reinado de Sancho IV. También le aconsejaron los mismos que le invitaron a queso que se acercara a la Parroquia de Santa Escolástica, del siglo XVI. Está totalmente reconstruida y tiene la nave y la cabecera separadas por un arco y cubierta de techos. En sus tiempos tuvo que ser bella, muy bonita.

—¿Y ahora? —le inquiere una viejecilla menuda y de graciosos andares a la que rebasa a la salida del pueblo.

—A Bohonal.

—¡Se pare usted en…!

—En el arco, ya lo sé.

—¡Qué arco ni qué arco! ¡Que es un templo, y muy nombrado y viejo!

Castañar de Ibor, naturaleza a la vista

Pero, antes de alcanzar Bohonal, el viajero se topa con Castañar. De castaños le viene el nombre, que muchos son los que hay por aquí, así como encinas y olivos, a un pueblo que conoció —se dice— una gran afluencia de habitantes allá por el siglo XV debido a una plaga desatada en la cercana —por entonces— La Avellaneda, que la dejó despoblada. Una vista, la de Castañar, en la que merece recrearse; un paisaje que, entre otras maravillas, oculta unas cuevas que pueden ser visitadas con guía y siempre en grupos reducidos. Que las cosas buenas siempre hay que preservarlas.

—¿Va para Bohonal? —le saluda al viajero un grupo de mujeres que descansa a la sombra de un castaño.

—Para allá voy.

—¡No se pase los templos! —le aconseja una.

—¡Será que son chicos! —apunta otra a la anterior.

Los templos romanos de Bohonal

Así es. Al noroeste de Bohonal se topa con dos templos que forman parte de las ruinas romanas de Augostóbriga, conjunto arqueológico que fue trasladado piedra a piedra para evitar que fuera engullido por las aguas del embalse de Valdelascañas. Talavera la Vieja, el pueblo deudor de aquel emporio romano, no corrió tanta suerte y reposa bajo aquellas aguas. El viajero suspira. Por todo. Por las ruinas —le han asegurado que una puesta de sol desde aquí es gloria bendita—, y por aquellos que tuvieron que abandonar su tierra, sus raíces, por aquello del desarrollo, perdiendo su esencia en pueblos que nunca tendrá el alma del que los vio nacer. La vida, que es así.

De corrido, el viajero se planta en Bohonal de Ibor. Al igual que la localidad vecina, de Bohonal se lleva hablando desde hace siglos. Al menos, que se sepa, desde el XV. Y también ha leído el viajero que la Iglesia de San Bartolomé —construida entre finales del XV y principios del XVI— y el Puente de las Veredas, que salva el río Ibor, bien merecen una visita antes de tomar el camino que conduce a Guadalupe.

—-¿Va a ver a la Virgen?

—A lo que se tercie.

Guadalupe, siempre Guadalupe

Montes van, montes vienen. Una sucesión de laderas, de elevaciones, de masas boscosas y de naturaleza sin fin alegran la vista del viajero antes de alcanzar Guadalupe. Porque Guadalupe siempre merece una visita. No solo del monasterio —el fin de la ruta— vive esta villa, sino que también tiene que ofrecer otras maravillas al visitante tales como su casco histórico, que recorrerá después de comer.

Y es que, lo primero es el Monasterio. El Monasterio y la Iglesia de Nuestra Señora, del siglo XIV, el Camarín de la Virgen, el Claustro Mudéjar, la Sala Capitular, la capilla de San Jerónimo… Si Yuste es recogimiento y una cierta oscuridad, Guadalupe es luz, es amplitud, es recorrer sus estancias con calma y en calma, sin prisa, hasta que el estómago se harte de pedir clemencia.

—Échele el lazo a una buena sopa de tomate con uvas. ¡Y no se pierda una buena caldereta de cordero!

Eso le recomendaron al viajero, y tras la comida, copiosa y deliciosa, decide recorrer las calles del casco histórico de Guadalupe, estrechas y llanas unas, pinas y angostas otras, pero todas igual de bellas. Tanto como la voz que turba al viajero, que se detiene a escucharla:

Guadalupe es un jardín,

Guadalupe es un jardín,

de flores muy escogidas.

Pero la rosa mejor es la virgen morenita.

Pero la rosa mejor es la virgen morenita.

Y suspira. Por el fin de la ruta y de tantas otras cosas. Se ha prometido volver a Extremadura. Eso será después de recorrer otras rutas que existen en honor del Emperador Carlos V. Lo promete. Solo por escuchar voces como la que oye cantar, bien merece la pena.

 

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