Ruta de Isabel de Portugal 1 (Lisboa-Elvas)

Primera parte de la ruta recorrida por la futura Emperatriz desde su Lisboa natal para conocer y casarse con Carlos de Hagsburgo.

El viajero se vuelve a echar al camino, que le llevará por las tierras alentejanas y extremeñas hasta Sevilla, donde se celebrarán sus esponsales. Pero esta ruta es mucho más que eso. Granada, Toledo, Oropesa… Y el final de la ruta, Mérida. A ello se dispone con buen andar y yantar y mejor ánimo.

Lisboa es el inicio de la ruta, como de tantas y tantas cosas. Al pie de la Torre de Belém, el viajero obtiene una magnifica vista del Tajo —Tejo lo llaman por aquí— camino de ese Océano Atlántico al que se lanzaban los navegantes del siglo XVI en busca de fortuna y glorias que conquistar. A su espalda queda el puente del 25 de abril, que anda ahí, ahí, aguantando como puede y con pocas ganas de soltar cuartos para restaurarlo, según pudo leer esta mañana mientras acompañaba la lectura con un café y unos cuantos pasteles de nata que le alegraron el despertar.

Es pensar en el nombre del puente y venirle a la memoria el gran Zeca Afonso, al que el viajero tiene en gran estima. Y se lanza a cantar sus Cantigas de Maio —«Eu fui ver a minha amada, Lá p’rós baixos dum jardín, dei-lhe uma rosa encarnada Para se lembrar de mim»— mientras va al encuentro de Lisboa. Una visita breve, la suya, pues es el comienzo de la ruta que se ha propuesto recorrer, la misma que acometiera la futura emperatriz Isabel al encuentro de su amado Carlos.

—O sea, poco va a estar por aquí —le suelta un lisboeta que demuestra un muy buen dominio de la lengua del viajero, al que siempre le maravilló la musicalidad de la portuguesa. Hay bullicio en la Plaza del Comercio. Lisboa estalla de vida.

—Ya me la conozco, pero Lisboa nunca sobra.

Y está en lo cierto. Perderse por las calles del Barrio Alto y entrar en cualquiera de sus tascas para deleitarse con una de las múltiples formas de preparar el bacalao, bajar hasta la plaza del Rossio, acercarse hasta el elevador de Santa Justa… Son tantas y tantas las posibilidades que ofrece Lisboa…

—¿Hacia Almeirim? Siga las indicaciones, no hay pérdida —le recomiendan antes de ponerse manos al volante e iniciar la ruta.

Almeirim, el descanso y la partida de Isabel

Inicio de la ruta. Almeirim sorprende y gusta al viajero. Moderna, muy moderna y tranquila, de ella ya se tiene referencias en el siglo XIV al convertirse en un lugar apreciado por la Corte portuguesa debido a la abundante caza en sus alrededores. El Sintra de Invierno, lo llamaban; y también cargada de historia, con intrigas palaciegas de todo tipo, encuentros románticos en los jardines reales… Palacio en el que residió varios años Isabel. Y aquí fue donde se casó con Carlos por poderes tal que un 1 de noviembre de 1525, y allí permaneció hasta obtener la dispensa papal, por eso de ser primos, hasta el 30 de enero de 1526.

—Y de aquí salió para ser la dueña del mundo, fíjese —le asegura un lugareño al viajero, que asiente con una sonrisa.

—No fue mala recompensa por casarse con Carlos, no —replica él.

—Lástima que viviera tan poco…

—Entonces seguiré la ruta, si no le importa.

—Ándese hasta Évora. Ya me contará, ya.

—Descuide.

La calma se detuvo en Évora

EVORA CAROLUS V EMPEROR 2Patrimonio de la humanidad. Palabras mayores, sin duda. El viajero conoce Évora de haber pasado por ella en más de una ocasión. Una de esas joyas que, al menos, hay que visitar una vez en la vida. Y la mejor forma de conocerla es recorriendo sus calles estrechas para descubrir las joyas que atesora y oculta. Cualquier inicio de ruta ha de partir, obligatoriamente, de la Plaza del Giraldo. En uno de sus extremos, la Iglesia de San Antonio y el chafariz de mármol, una fuente de ocho caños que representa las calles que allí convergen. Desde allí, barra libre según cada cual: el templo y las termas romanas, las murallas medievales, la Iglesia de la Gracia y la de San Francisco, con su curiosa Capilla de los Huesos…; y comiendo. Buen bacalao y mejores carnes. Junto a la Plaza del Giraldo elige un restaurante el viajero para conocer mejor Évora desde aquella faceta. Mientras le sirven, una violinista desliza el arpa por sus cuerdas. A su lado, una muchacha flacucha, menudita, que atesora un torrente en su garganta, regala a la audiencia una sobrecogedora versión de Extraña forma de vida —«Foi por vontade de Deus que eu vivo nesta ansiedade, que todos os ais são meus…»— de la eterna Amália Rodrigues.

—¿Tomará postre el señor?

—Y café, si se tercia.

Estremoz bien vale lo que vale

Que se tercia. Para animar el espíritu del viajero antes de ponerse rumbo a Estremoz. Mire donde mire, el Alentejo cautiva, atrapa sin remedio. En Estremoz, su castillo, la Torre de las Tres Coronas, desde la que se contempla un horizonte que abruma y subyuga. Ciudad conocida por la calidad de su mármol —y que se puede contemplar hasta en los adoquines—, nadie puede marcharse de aquí sin recorrer su antigua muralla, ni tampoco sin perderse por las calles de su centro medieval.

—¿Le parece bonito?

—¿Qué pueblo de Portugal no lo es? —replica el viajero a quien le preguntó.

—Es para venir con calma, ¿verdad?

—Es para disfrutarla.

ESTREMOZ CAROLUS V EMPEROREl viajero ve marcharse a la compañía efímera que se le pegó en los alrededores del Rossio. Sabe que tiene que hacer lo mismo, que su tiempo no es eterno y que aún le queda Elvas por visitar. Suspira. De pena por lo que deja, por no disponer de la tranquilidad necesaria para degustar todo lo que ve, todo lo que contempla.

—¿Conoce Elvas?

—De pasada.

—Pues váyase preparando…

Elvas, tan lejos, ta cerca

ELVAS CAROLUS V EMPEROR 2Así, ¿cómo puede prepararse el viajero para lo que viene? No hay derecho, masculla enrabietado. Más, más tiempo. Eso es lo que necesita. Porque Elvas merece eso, y mucho más. Apenas a diez kilómetros de Badajoz, abruma la cantidad de fortalezas —siete bastiones y dos fortalezas, en total— que salpican sus calles. Otro Patrimonio de la Humanidad, nuevas palabras mayores. La escasa distancia con la capital pacense es algo que se nota en sus calles, donde es fácil encontrarse a sus oriundos de un lado a otro, de aquí para allá. Acueductos, calles pinas con un sabor y un color que encienden el estado de ánimo del viajero… Y un aroma de bacalao al que no se puede resistir, y más cuando la luz del sol, que ya mengua, le indica que habrá que ir pensando en la cena.

—Siga recto. Allí lo hará estupendamente.

El viajero, que de ordinario es obedecer lo que le mandan, se encamina hacia el restaurante indicado, donde cenará. Después, andará, se perderá por las calles de Elvas hasta que le venza el sueño. Y lo hará acompañado de su admirado Zeca Afonso.

Verdes prados, verdes campos onde está minha paixão. As andorinhas não param umas voltam outras não… —se lanza a cantar camino del restaurante, cuando atardece sobre Elvas.

Anuncio publicitario

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s