llerena carolus v emperor

Ruta de Isabel de Portugal 3 (Llerena-Sevilla)

Tercera parte de la ruta recorrida por la futura Emperatriz desde su Lisboa natal para conocer y casarse con Carlos de Hagsburgo.

El viajero quiere llegar a Sevilla. Parada obligada en la ruta —aún le quedarán otras pocas más—, desea recrearla tal y como la emprendió la Emperatriz en su viaje al encuentro con el Emperador. Brilla el sol en el cielo y agradece el calor cuando se dispone a abandonar Almendralejo. Siguiente parada, Llerena.

Por Llerena, la historia se pasea

Porque Llerena rezuma historia. Huele y sabe a ella. De Llerena salió el Licenciado Zapata, miembro del Consejo de los Reyes Católicos y, posteriormente, también de la Reina Juana y del propio Emperador; y también Pedro Cieza de León, llamado ‘El Príncipe de los Cronistas de las Indias’ y autor de la Crónica del Perú.

—Esencial para conocer la América precolombina y lo que después sucedió ya con la conquista en marcha —le asegura un anciano al viajero al pie de una fuente de la que va a beber.

—¿Y de su primo hermano Pedro López de Cazalla, que anduvo de secretario de Pizarro? —le pregunta el viajero.

—Y le podría hablar, si quiere, de Lorenzo Suárez de Figueroa, el fundador de Santafé y Tucumán.

Recorrer Llerena es darse un chapuzón en la historia por las bravas. Muy cerca de aquí asentó Roma sus reales en Regina, cerca de la alcazaba de Reina, y fue a partir del siglo XII cuando comenzó a tener protagonismo, aunque eso, lo de las fechas, es algo en lo que andan enzarzados los historiadores. Hasta que varios Maestres de la Orden de Santiago la eligieron residencia temporal. Fue el despegue en todos los aspectos: económicos, sociales, culturales… Incluso hubo procesos inquisitoriales contra alumbrados o iluminados en la segunda mitad del siglo XVI, lo que cortó de raíz el religioso Fray Alonso de la Fuente en un proceso masivo que implicó a más de 50 herejes en 1570.

—Ya ve usted. Por entonces, tonterías, las justas.

—Ya veo, ya…

–Aunque, para contrarrestar, también tuvimos por aquí una temporada a Zurbarán.

—Por fortuna…

De Llerena no puede marcharse nadie sin haber visitado la Iglesia Mayor de Nuestra Señora de la Granada, de principios del XIV y finalizada en el XVIII, con las capillas del Licenciado Zapata o la del Prior en su interior; ni la Puerta de Montemolín, la única que queda en pie de las cuatro que existieron en la Edad Media; ni mucho menos su Plaza Mayor, porticada al estilo mudéjar y en la que se pueden encontrar la antiguas Cárcel Real, la referida Iglesia de Nuestra Señora de Granada o el Palacio Consistorial.

—¿Le apetece comer al señor? —le pregunta al viajero una morena de ojos verdes y bien resuelta mientras camina por un costado de dicha plaza.

La caldereta que le ofrecen, así como los productos de la matanza, tienen una pinta irresistible. Duda. Los ojos de la morena derriten también a cualquiera. Echa un vistazo a su reloj. Chasquea la lengua.

—Quiero acercarme hasta Cazalla de la Sierra.

—Lástima —se encoge de hombros—. ¡Que disfrute de la visita!

Cazalla de la Sierra y una sierra que revisitar

Y vuelta a la provincia de Sevilla para no abandonarla más en lo que queda de jornada. Pequeña, coqueta y enclavada en el Parque Natural de la Sierra Norte de Sevilla —como Guadalcanal, recuerda— Cazalla de la Sierra estuvo poblada desde la antigüedad por ser sus alrededores zona minera. Así que romanos, primero y árabes, después —a ellos se debe su nombre—, dejaron aquí su impronta, y a ella acudió Felipe V en verano durante el siglo XVIII cuando ya se había ganado un nombre por la producción de vinos y aguardientes.

Una Plaza Mayor coqueta, la Parroquia de Nuestra Señora de la Consolación, o la Iglesia de San Benito merecen una parada que el viajero disfruta hasta que un aroma embriagador le orienta hacia un restaurante.

—¿Se come de matanza aquí? —pregunta al camarero con el que se encuentra en la puerta.

—¡Digo!

Y dicho y hecho. Del cerdo ibérico, hasta los andares, y de él y de sus derivados da buena cuenta, todo ello bien regado con un vino de la Sierra Norte.

—¿Queda lejos El Pedroso de aquí?

—Nada, al lado.

El Pedroso, siglos y siglos de historia

Los pueblos de la Sierra Norte de Sevilla tienen un aquel. El Pedroso es uno de ellos. Merece la pena detenerse en la Casa Granja, también conocida como La Cartuja, de mediados del XVI; echar un vistazo a su Cruz de Humilladero, del mismo siglo; la Ermita de la Virgen del Espino, probablemente del XV…

—¿Sabía que hay constancia de presencia humana desde el Paleolítico? —le indica una joven al viajero.

—Pues no, no lo sabía.

—Y también se desarrolló por aquí la cultura megalítica del Neolítico. ¿La conoce?

—Algo conozco, sí…

—¿No le apetece echar un vistazo a lo que le digo?

El viajero mira el reloj. El tiempo, siempre el maldito tiempo.

—Me encantaría, pero quiero llegar a Cantillana.

—¿Y eso?

—Recorro los lugares por los que pasó la Emperatriz Isabel en su viaje para encontrarse con el Emperador Carlos V.

—¡Por aquí también estuvo! ¡Y dos días, ¡27 y 28 de febrero de 1526!

—Veo que te lo sabes bien…

Cantillana y el sarao de la Emperatriz

Por Cantillana lo hizo el 1 de marzo. Lo que fue la Naeva romana que Plinio menciona en sus obras, según defiende el arqueólogo e historiador inglés George Bonsor, con puerto incluido sobre el Guadalquivir, fue conquistada por Fernando III en 1247. Villa merecedora de importantes privilegios y mercedes por parte de los Reyes Católicos, conoció un importante crecimiento económico en el XVI debido al comercio desarrollado por los banqueros sevillanos que pasaban para Córdoba.

—¿Es usted el que viene por lo de la Emperatriz? —le inquieren al viajero.

—¿Y usted cómo lo sabe? —replica éste.

—Me ha mandado un ‘guasá’ una sobrina mía que vive en El Pedroso —le dice sin perder la sonrisa una mujer achaparrada y con ganas de darle a la de sin hueso—. ¡Pues sepa que aquí le regalamos un buen sarao con danzas, pues buenas perras había entonces para permitírnoslo!

—Es bueno saberlo, ¡gracias!

Unas cuantas ermitas tiene Cantillana, lo menos tres, y un par de iglesias, pero lo que realmente llama la atención del viajero es la Torre del Reloj, del siglo XII – aunque reformada en el XIX, cuando se le añadió un campanario—, y que sirvió como fortaleza militar.

El viajero mira cómo el sol comienza a declinar. La puesta será de las que tanto le gustan. Así que, como camina hacia Sevilla, parará un par de veces por el camino para hacer alguna que otra foto. Cuando llegue a Sevilla, la disfrutará. No merece otra cosa.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s