SEVILLA CAROLUS V

Ruta de Isabel de Portugal 4 (Sevilla-Córdoba)

Cuarta parte de la ruta recorrida por la futura Emperatriz desde su Lisboa natal para conocer y casarse con Carlos de Hagsburgo.

El viajero parte desde Sevilla rumbo a Córdoba siguiendo los pasos de Isabel de Portugal, la emperatriz con la que el Emperador Carlos V contrajo matrimonio en 1526.

SEVILLA CAROLUS V

Sevilla es Sevilla. No hay otra como ella en todo el mundo. Lo es en toda su extensión, con sus virtudes —que son infinitas— y defectos —parecidos o más—, pero al viajero le subyuga una ciudad que huele distinto, que sabe distinto y en la que se sueña distinto.

—¿Y qué piensa hacer usted, si se puede saber? —le inquiere un paisano al verlo merodear por los Jardines de Murillo.

—Verlo y contarlo.

—¿El qué?

—Si me quiere seguir…

Y el paisano se pega al viajero dispuesto a escuchar su relato sobre la boda de Isabel, cuyos pasos viene siguiendo desde la vecina Portugal, con el Emperador Carlos. Eso, por ahora, pues tiene intención de concluir la ruta en Mérida. Lo que no sospecha es que el paisano que camina a su lado, achaparrado y entrado en carnes, es profesor de Historia y está recién jubilado. «Pego la hebra cuando me dejan y doy clases a jubilados como yo que no tuvieron la oportunidad de ir a la escuela», le explica al viajero.

—¿Sabía que estuvieron siete años negociando esa boda? —le pregunta como quien no quiere la cosa.

—Algo sabía, pero no tanto tiempo.

—El 3 de marzo de 1526 llegó Isabel a Sevilla, que la recibió con sus mejores galas. Un palio de oro, plata, piedras y perlas la acompañó en su discurrir por sus calles —le relata el paisano—. Siete arcos triunfales cruzó desde que entró por la Puerta de la Macarena hasta que llegó a la Catedral. Siete arcos como las siete virtudes del buen soberano, y la Catedral adornada con tapices, joyas y antorchas lujosas. ¡Y tampoco desmerecía la decoración de las calles!

Y andando, andando se plantan los dos ante las puertas de la Catedral. El paisano se rasca la parte posterior de la cabeza.

—En la Puerta del Perdón la recibió el Cabildo con todo el clero y las cruces de las iglesias de la ciudad. Ya dentro, oró ante el altar mayor y, después, salió por la otra puerta para dirigirse al Alcázar, donde esperó la llegada de su esposo, el Emperador.

—Y siete días después, él repitió el mismo recorrido que realizó Isabel —apunta el viajero.

—Así es… —asiente el paisano—. Y dice usted que va siguiendo la ruta. ¿Hasta Granada, entonces?

—No, hasta Mérida.

—¡Hasta Mérida! —repite el paisano—. ¡Bendito sea Dios y bendita sea la Virgen! —admite persignándose.

Se despiden con un apretón de manos afectuoso tras compartir una manzanilla y unas aceitunas en una pequeña tasca cercana a la Catedral. Al viajero le hubiera gustado comer en Sevilla, pero prefiere proseguir la ruta y que sea el camino y sus vicisitudes los que le sorprendan.

Carmona, un éxtasis para los sentidos

CARMONA CARLOLUS V EMPERORLo hace Carmona, que ya conocía de cuando se ganaba la vida escribiendo para una revista. Dos días permaneció aquí el joven matrimonio, que viajaba hacia Granada. Por desgracia, el viajero se lamenta de no disponer de tanto tiempo como Carlos e Isabel, pues son muchas las maravillas que atesora Carmona. Sin ir más lejos, la huella romana, que aquí es grande. La Puerta de Carmona, el anfiteatro y la necrópolis comparten protagonismo con el Alcázar de Don Pedro I, en ruinas desde el siglo XVI, y el Alcázar de la Puerta de Sevilla. Sin olvidar las muchas iglesias barrocas que jalonan sus calles.

Carmona agrada los sentidos. Casi los extasía, considera el viajero, que aprecia el frescor del cercano río Corbones y se maravilla con los colores —amarillo el de los cereales, ocre el de los cerros— que la cercan. Aún tiene tiempo de apretarse un chato de vino gaditano y unas aceitunas aliñadas antes de proseguir la ruta, que la está gozando como pocas.

—¿A Écija, dice usted? No es mucha la tirada —le responden al requerimiento que hizo.

Écija, 14 iglesias por conocer y unas esmeraldas para disfrutar

Y dicho y hecho, en Écija se planta. Otro Conjunto Histórico-Artístico, como es también el caso de Carmona. Y asimismo dos jornadas pasó aquí la joven pareja camino de su luna de miel ansiada.

—Y también restos romanos, supongo —argumenta ante una joven que le atiende junto donde aparcó el coche.

—¡Digo!

ECIJA CAROLUS V EMPERORLa chica es morena, muy guapa, y tiene dos esmeraldas por ojos. Dos esmeraldas que no se le irán de la cabeza mientras recorre las calles de Écija, donde el mudéjar se da la mano con el neoclásico y el barroco. Y lo romano, claro está, cuya huella se siente, se ve, se palpa en cualquier esquina. «Verde que te quiero verde, verde viento. Verdes Ramas», tararea el viajero mientras hace cuenta de las iglesias —hasta 14, cada cual más bella que la anterior— que verá después de comer. Porque es hora de comer, y en lo tocante a llenar el buche el viajero es de broma justa. Y como le han hablado de varios sitios, al final se decanta por uno de los que llama de toda la vida, con su aire de siempre, con sus camareros de siempre, con su comida de siempre, rica y bien surtida. Pues para él la gloria tiene forma de bombas, un plato hecho a base de carne picante, y de varias propuestas que calman su apetito. Lo justo, pues Córdoba aparece en el horizonte, y será allí se dé el homenaje que se merece.

—¿Le recomiendo alguna iglesia? —se ofrece el camarero al verlo con una guía en las manos.

—Usted dirá…

Bellas todas. Lo dijo antes, y lo repite. La de Santa María, El Hospitalito, la de Los Descalzos, la Iglesia del Convento de Santo Domingo… Demasiada belleza y escaso el tiempo. La ciudad de los Califas le espera, pero no quiere marcharse de Écija sin aprehender parte de su esencia para que lo acompañe en el camino.

Córdoba. Y respirar, y respirar…

CORDOBA CAROLUS V EMPEROR

Porque Córdoba tiene lo que sólo Córdoba tiene. Para empezar, una Catedral de cuya construcción Carlos llegó a decir “habéis destruido lo que era único en el mundo, y habéis puesto en su lugar lo que se puede ver en todas partes”. Y Córdoba le recibe con sol prendiendo el cielo por el este, con el Guadalquivir cantando siempre el mismo verso pero con distinta agua, como dijera Gerardo Diego del Duero, y con un aire calmado y una atmósfera que invita a pasear con la atardecida por compañera. Tiempo habrá de visitarla, de recrear la mirada con sus maravillas, de perderse por alguno de sus patios a la luz de la luna, de patear sus calles al albur del silencio y de los faroles encendidos. Descubriendo el aire fresco, que cantaba Medina Azahara. No es que necesite respirar, sino absorber todo lo que pueda de una ciudad que bien merece un paseo. O dos. Incluso tres.

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