PLAYA SALVÉ LAREDO CAROLUS V EMPEROR

Lugares de las rutas del emperador: la playa de la Salvé (Laredo)

Algo más de cuatro kilómetros de playa en forma de concha en la que el emperador hincó la rodilla, al volver desnudo a ella pidiendo el descanso merecido

El viajero llevaba tiempo queriendo dejarse caer por estas tierras. Cuando escribe estas líneas, todavía se respira en la atmósfera el momento vivido el fin de semana anterior. 120.000 visitantes, según los organizadores de su enviado y envidiable desembarco, participaron en las distintas actividades organizadas en Laredo para recibir el emperador; las más importantes y emotivas, en su playa de la Salvé.

Que el viajero sabe el porqué de su denominación. Y también el estado en que llegó a ellas, bien distinto al de aquel lejano 1517, cuando arribó a las costas asturianas para desembarcar en Tazones camino de Valladolid, donde reclamaría lo que era, por herencia, suyo.

—O sea, que se sabe lo de la Salvé.

—Lo sé, lo sé.

La historia

Cuentan las crónicas que el día que desembarcó en el puerto de Laredo, el más importante de Castilla —de él partió su madre, Juana, para casarse con Felipe el Hermoso y también su tía Catalina, para hacer lo propio con Enrique VIII—, el 28 de septiembre de 1556, nada más poner pie en tierra, se arrodilló, besó el suelo y exclamó lo siguiente: “Salve, madre común de todos los mortales, a ti vuelvo, desnudo y pobre, del mismo modo que salí del vientre de mi madre. Ruégote este mortal despojo que te dedico para siempre, y permite que descanse en tu seno hasta aquel día que pondrá fin a todas las cosas humanas”. Eso dicen que dijo. Leyenda o realidad. A saber.

—Sería que el mar andaba revuelto, aunque hacía buena tarde. Por eso no desembarcaron las hermanas hasta el día siguiente —le apunta un lugareño que se le ha pegado al verle caminar solo por la playa.

—Será…

Porque playa para desembarcar, hay. Más de cuatro kilómetros —4.250 metros, para ser exactos—. Aguas tranquilas, para nada peligrosas, exentas de corrientes fuertes la mayor parte del año.

—Que no era como se ve ahora.

—¿Mas pequeña acaso? —pregunta el viajero a su acompañante.

—Lo era. Casi todo lo que es playa ahora. Que de todo esto —le indica apuntando en varias direcciones— apenas existía un pedazo de tierra, poco más.

Se paran los dos. El viajero echa un vistazo pausado a la playa. Cierra los ojos y se imagina el momento: la flota —cerca de 60 barcos— a punto de alcanzar su destino. Y en una de sus naves, en la apodada Bertendona —cosas de su capitán, Martín Jiménez de Bertendona. La nave realmente se llamaba Espíritu Santo—, el hombre más poderoso de su época devorando la costa con la mirada; ansiando pisar tierra firme para poner camino del descanso definitivo; y también su decepción por la poca representación que acudió a recibirle: apenas el alcalde, cinco alguaciles y el obispo de Salamanca. Y ni rastro del dinero prometido por su hijo.

—Que, si bien recuerdo, eran cerca de 4.000 ducados. ¡Que no era moco de pavo, vamos! —le apunta el lugareño, obligándole a abrir los ojos—. Aunque le dimos bien de comer, ¡que eso sí le gustaba!

—Que aquí las anchoas no son malas…

—¡Superiores! ¿Las quiere probar?

Y para no ser menos que el emperador, el viajero se deja llevar por el lugareño camino del caserío. Sin embargo, no puede evitar volver la cabeza y echar un último vistazo a la playa. Sopla la brisa, ruge el mar, embravecido. Parece el otoño se acerca de verdad.

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