La voracidad sin límite del emperador Carlos V en Yuste

Comía una gran cantidad de platos a lo largo del día y siempre solo, debido a las dificultades para hacerlo por culpa del prognatismo que sufría.

Que el emperador Carlos V gustaba de comer bien es algo que está de fuera de toda duda. Pero quien pensara que por retirarse el Monasterio de Yuste sus gustos alimenticios iban a variar, está muy equivocado. Y es que, su voracidad nunca tenía límite.

Ya hablamos también en cierta ocasión en este blog de los alimentos que componían la dieta del emperador Carlos V y de qué manera llegaban hasta el Monasterio de Yuste. Porque comer es algo que siempre le gustó, y sin reparo. Por lo tanto, a pesar de su retiro a un monasterio, dicha afición no iba a experimentar merma alguna.

El día a día del emperador

Así, por la mañana, antes de levantarse, tomaba un tazón de sopas de leche con pan preparado con azúcar y especias. Una vez saciado el apetito, dormía otro rato más. Después al mediodía, ingería una gran cantidad de platos —hasta 20, llegan a detallar algunos de sus cronistas—; comida que acompañaba después, en la hora de Vísperas, con una nueva comida. Ya por la noche, cenaba copiosamente anchoas y otros manjares de sabor fuerte, que le gustaban en exceso.

 

Una ingesta que saciaría a cualquiera, pero no a una persona como el emperador Carlos V. ¿Qué ocurría? Que tanta voracidad obligaba a sus cocineros a estrujar su imaginación para inventar ricos y muy aliñados platos para sorprenderlo y contentarlo. Al respecto, cuenta William Prescott —uno de sus grandes historiadores— lo siguiente: “Un día, su Maître d’hotel, perplejo, dijo a su descontento amo, conociendo su pasión por la relojería, que no sabía realmente qué hacer, a menos que quisiera que le sirviera una fricasée —guiso de carne francés— de relojes”. Y Carlos rio el comentario, que aprobó. Algo muy raro, que riera, ya menguando su existencia.

Y para digerir este disparate alimenticio, cerveza helada. Que, en ocasiones, tomaba por la mañana nada más levantarse. Y si no tenía suficiente, recurría al vino del Rin. De poco le servían las advertencias de su confesor, el Cardenal Loaysa. No le costaba mucho obtener las dispensas de los ayunos prescritos por la Iglesia, que le hubieran ahorrado las dolencias de la gota, cuyos ataques siguieron asediándolo en Yuste.

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