Los amores del emperador Carlos V con su abuelastra Germana

Una de las últimas voluntades de su abuelo Fernando es que cuidara de su joven esposa Germana de Foix

A la muerte de Fernando I el católico, abuelo del que sería emperador Carlos V de Alemania, este se encargó del cuidado de su joven esposa, Germana de Foix. No obstante, el emperador se tomó muy en serio lo del cuidado de aquella joven viuda.

Que Fernando, el que sería Rey de Romanos, era el nieto preferido del rey Fernando I el Católico es algo de sobra conocido. Además de haber nacido en España, a diferencia de Carlos, entre ambos había una gran complicidad. Pero, cuando Carlos llegó a España y se convirtió en rey de Castilla, aquel rey le pidió que se hiciera cargo de su joven esposa, Germana de Foix, cuando se muriera. Carlos le dio su promesa de que así sería.

Y así fue.

En aquel momento, Carlos contaba con 18 años y Germana 29; y, lejos de la obesidad que amargó sus último años de vida, se trata de una mujer atractiva para su edad en aquella época. Y ocurrió lo que podía ocurrir: que Carlos se enamoró de su abuelastras.

Del enamoramiento que le embargó por completo fueron resultado los torneos y banquetes que Carlos ordenó que se celebraran en homenaje a Germana. «Y no era maravilla, porque a gentes enamoradas nada les es imposible», escribió Laurent Vital al respecto.

Nada más llegar a Valladolid, Carlos estableció su residencia lo más cercana posible al lugar donde vivía Germana —en este caso, en el Palacio Real de aquella ciudad—; incluso cuentan las crónicas que ordenó que se levantara un puente de madera que uniera el palacio con el lugar de residencia de Germana de Foix “para que el Rey y su hermana pudieran ir en seco y más cubiertamente a ver a la dicha reina”, como nos dice Vital. Puente usado por los dos de manera indistinta, pues «Y también la dicha Reina iría al palacio del Rey…», asegura aquel historiador.

Finalmente, sólo queda destacar que el resultado de la gran preocupación de Carlos por Germana de Foix fue niña y se llamó Isabel, tal como consta en el testamento de Germana de Foix, en el Archivo de Simancas. En él consta legaba aquella joya, un collar de 133 perlas gruesas, «a la serenísima Doña Isabel, Infanta de Castilla, hija de su majestad del Emperador, mi señor e hijo».

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