La luna de miel imperial en Granada

Una vez casados Carlos V e Isabel, pasaron su luna de miel en Granada

Tras pasar unos días en Sevilla, donde se celebró la boda en 1526, Carlos e Isabel se desplazaron hasta Granada, donde disfrutaron de luna de miel que se prolongó hasta casi finales de aquel año.

A Carlos V, Granada le traía grandes recuerdos: aparte de decirse que fue la que más amó, recordemos que fue la última ciudad conquistada por sus abuelos,
Isabel y Fernando.

Que la amara no es para menos: un paraíso al pie de Sierra Nevada y con el palacio de La Alhambra como refugio. En consecuencia, allí le dio tiempo a la pareja a concebir al que sería heredero de la corona de España, el futuro Felipe II; y también a encargar un espléndido palacio renacentista a un maestro por entonces como era Pedro Chiruca. No obstante, el emperador Carlos V no pudo verlo terminado por la sempiterna escasez de dinero.

Como curiosidad, decir que la luna de miel terminó antes de lo que la pareja hubiera deseado, ya que su deseo era permanecer en Granada también en invierno. El levantamiento de los moriscos granadinos y la revuelta de las Germanías obligó al emperador a atender ambos problemas.

El más cercano, el de los granadinos, fue en el que más se involucró personalmente. Tanto es así, que los recibió para escuchar de su propia
voz los problemas y afrentas que sufría tal colectivo. Tras hacerlo, se determinó constituir una comisión de investigación que, posteriormente, dio paso a una Junta presidida por el Arzobispo de Sevilla e inquisidor general, Alonso
de Manrique, y García de Loaysa, confesor del mismo emperador. Ante la imposibilidad de adoctrinar a toda la población morisca, se determinó evangelizar a la juventud a través de los colegios donde se educara a los niños moriscos. “Porque de los padres ninguna esperanza se tenía”, dejó escrito Sandoval, cronista del Emperador.

Resuelta la cuestión, el pueblo granadino se mostró fiel al Emperador. Se cuenta que, perdido un día en una jornada de caza en las montañas de Sierra Nevada, solo y desamparado, un guía morisco le sacó del apuro y le devolvió sano y salvo en compañía de su amada.

Hasta que, finalmente, Carlos e Isabel abandonaron Granada el 10 de diciembre de 1526 para no volver jamás a ella.

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