La primera entrada del futuro Carlos I en Valladolid

El futuro Carlos I de España hizo su entrada en la ciudad el 18 de noviembre de 1517 con el propósito de ceñirse la corona de Castilla

Le hemos pedido a Víctor Fernández Correas, autor de “La conspiración de Yuste”, que nos relate cómo se produjo la primera entrada del futuro Carlos I de España en la ciudad de Valladolid. Lo hace con su particular manera de contar las cosas.

Para empezar, Carlos entró en Valladolid a lo grande, exhibiéndose a gusto. Como queriendo decir: «Que os quede claro quién os va a gobernar a partir de ahora». Él lo tenía clarinete. ¿También los vallisoletanos, en particular, y los castellanos en general? Hombre, tanto como eso…

¿Qué vieron unos y otros? Mucho poderío, sí, pero también demasiados extranjeros. Y todos ellos revoloteando alrededor de un crío, pues apenas sobrepasaba los diecisiete años. El hijo de Felipe el Hermoso, que es lo que sabían o lo poco que les habían contado; al que los castellanos contestaban lo que Diego el Cigala —«¡atrás»— suelta cuando no le gusta, lo que sea. 

     

Representación de cómo sería el futuro Carlos I con diecisiete años. La figura se puede encontar en el Museo Carlos V de Mojados. La mascarilla, por los tiempos que corren.

Hijo de Felipe el Hermoso e imberbe. Ojo al dato, que decía García. Imberbe, o sea, diecisiete palos todavía —le faltaban un par de meses para los dieciocho—. Un crío comparado con los caimanes que traía a su lado y también con los gobernantes conocidos hasta entonces por los castellanos: Isabel y Fernando —los abuelos maternos de la criatura—, o el cardenal Cisneros, por citar a los últimos. Un mocoso, para qué marear más la perdiz. Y en manos de extranjeros. Porque, para colmo suyo, quien caía simpático de verdad al pueblo castellano era Fernando, su hermano menor.

Total, que gran demostración de poderío del joven Carlos y su entorno, pero el calor tributado por los recepción vallisoletanos haría dar palmas con las orejas de alegría a un pingüino. Ole con ole. A modo de ejemplo, los pobres arcos triunfales levantados en su honor por las calles que atravesó el desfile. El cronista Laurent Vital, a modo de disculpa, llegó a decir que la gente de Valladolid «no tiene costumbre de estas cosas». Con un par.

Palacio de Pimentel, Valladolid.

Y así, en medio de tanta pasión mostrada hacia su persona —desbordante es poco—, se enfrentó Carlos a las Cortes de Castilla, que comenzaron el 9 de febrero de 1518; más calientes que el palo de un churrero, conocedoras de los favores y mercedes concedidos a sus acompañantes flamencos. ¿Destacamos algunos? Venga, que la cosa es para reseñarla: el nombramiento de Chièvres como capitán general del mar en la Corona de Aragón y Almirante de Nápoles —había que recompensarle por los servicios prestados—, amén de señor de distintos territorios; el obispado de Tortosa para Adriano de Utrecht —el futuro Papa Adriano VI. Para que fuera calentando—; y el arzobispado de Toledo para Guillermo de Croy — sobrino del tío con el mismo nombre — , de la misma edad que Carlos. O sea, la perla de la Iglesia en lo que a estas tierras se refiere, en manos de un crío de veintiún años, y que había sido ordenado cardenal por Su Santidad, León X, el año anterior sin más mérito que ser sobrino de Chièvres. Lo mejor del asunto es lo que sigue: para ser arzobispo de Toledo y cualquier otra plaza en Castilla, tal y como dispuso la Reina Isabel, había que ser natural de estas tierras. ¿Qué hizo Chièvres para arreglar el asunto? Pedirle a su futura majestad, o sea, a Carlos, que hiciera castellano a su sobrino — tal cual. Con dos cojones— , lo que ocurrió mediado el mes de noviembre de 1517. Una nacionalización exprés en toda regla. Y las Cortes, como para echarles una cerilla. Que qué ultraje, que qué infamia, y todo eso.

Y seguimos para bingo. Con todos estos antecedentes, las Cortes de Castilla recibieron a Carlos con tanto calor como el que se estila en la Antártida —lo del pingüino de antes y su zapateado flamenco—. En ellas, Carlos dijo lo que esperaba de su pueblo: que le soltaran la guita para hacer frente a su reinado y a las amenazas que se cernían sobre él. Y ya está, que tengo cosas que hacer. Los cortesanos, pues eso, como el palo del churrero. La indignación creció conforme avanzaron las sesiones. A lo de «a mí tratadme de divina majestad, nada de alteza y todo ese rollo que os gastáis por aquí» se le unió que las Cortes estaban más mosqueadas que un pavo en Nochebuena por aquello de la incapacidad de la reina legítima —o sea, Juana— para gobernar. Que quién se había encargado de asegurarlo, que quién lo había comprobado, que quién la había visto por última vez, que cómo estaba. Esas inquietudes.

No obstante, y por ir terminando, aquellas Cortes finalizaron de manera favorable para Carlos: 200 millones de maravedíes a pagar en tres años. Eso sí, siempre que se comprometiera a aprender castellano —que ya iba siendo hora. Dónde iba a parar un rey que no tuviera ni pajolera idea de la lengua del reino que iba a gobernar—; a no conceder más cargos a extranjeros —vale ya, le dijeron—; y que el infante Fernando no saliera de España hasta que Carlos tuviera hijos. Por si las moscas. De las tres obligaciones, la que concernía a su hermano Fernando se la pasó por el forro de la entrepierna en cuanto pudo. O sea, un par de meses después. Pero eso ya es otra historia.

Una vez finalizadas las Cortes, Carlos respiró. Y fue cuando decidió dar cumplida respuesta a una de las exigencias de su abuelo Fernando: que alguien cuidara de su mujer, la joven y guapa Germana de Foix, una vez muerto él. Tan joven, tan guapa, tan desvalida.

Y vaya si se ocupó Carlos de ella. Vamos que si lo hizo.

Anuncio publicitario

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s