La revuelta de los Comuneros de Castilla

Resumimos los sucesos acontecidos durante la llamada «Guerra de las Comunidades» de la mano de Víctor Fernández Correas, autor de La conspiración de Yuste

A Carlos le cayó España en el lote para bien y para mal. Es decir: sus territorios, su poderío económico y militar… Y también los españoles. Que hubiera escogido susto. Conocerlos y comprenderlos le costó lo suyo, así como apaciguar los ánimos tanto en Castilla como en Levante.

Mientras estaba en Worms tratando de apagar el incendio provocado por Lutero, le llegó que en Castilla las Comunidades se le habían levantado en armas; y los agermanados, tres cuartas partes de lo mismo en Valencia y Mallorca. Españoles. ¡Qué pueblo más curioso!, puede que llegara a pensar entonces. Capaces de regalarle los mayores tesoros —con sus atrocidades de por medio, para qué negarlas— de la mano de Hernán Cortés por las tierras del nuevo mundo recién descubierto, y de ponérsele flamencos —a él, flamenco de verdad. De Flandes— en Castilla. Para colmo.

Aunque, para ser justos, lo de las Comunidades de Castilla no fue un Kínder Sorpresa para Carlos. Ya tuvo que aplazar su coronación en Aquisgrán porque Toledo se subió a las barbas reales ―aún no imperiales―. A lo que hay que unir un pequeño detalle: su madre, Juana, estaba recluida en Castilla, y era la legítima reina. ¿Y si los comuneros la liberaban y se apoderaban de ella? Que eso podía ocurrir en cualquier momento. Y, claro, fue ponerse a pensar en eso…

Recreación de la toma de Medina del Campo.

Con Toledo empezó todo; que le siguió Segovia, que echaba chispas contra sus procuradores en Cortes, que dijeron que sí a todo lo que Carlos les pidió pasándose, así, el mandato de la ciudad por el forro de la entrepierna. Tan encantados estaban los segovianos, que tras amotinarse decidieron darle boleto a la vida de uno de aquellos procuradores, Rodrigo de Tordesillas. Desde ese momento ya no se tuvo que preocupar de pagar más facturas, entre otras muchas cosas.

En cuanto el regente Adriano de Utrecht tuvo conocimiento del incendio segoviano, convocó al Consejo Real para determinar los siguientes pasos. Opciones, dos: apaciguar los ánimos, o dejar Segovia como un solar. Algunas voces le aconsejaron negociar. Vamos a negociar que, si no, aquí va a haber hondonada de hostias, que diría el mítico Manuel Manquiña. Otras, como la del arzobispo Rojas, presidente del Consejo Real, le recomendaron pasar directamente a la hondonada. Tonterías, las justas. Y se decidió escoger como alcalde de Corte a un tal Ronquillo, que no se caracterizaba por dar besos ni regalar abrazos, precisamente. Claro que los segovianos le dijeron a Ronquillo que en la ciudad no iba a poner los pies ni harto de Stolichnaya, por lo que sólo quedaba resistir o morir.

Recreación de la toma de Medina del Campo.

Toledanos y segovianos se pusieron manos a la obra para resistir, ayudados por la iglesia local, cuyos sacerdotes rajaron desde el púlpito lo que no está en los escritos contra —el que creían que era— el mal gobierno de Carlos, y poniendo de vuelta y media a sus consejeros flamencos. Vale, te estarás preguntando que cómo es posible que la iglesia local se pusiera de lado de los que podrían llamarse rebeldes en esta película. Muy fácil: estaba más caliente que un diputado en su turno de réplica tras recibir hostias como panes en su escaño por aquello de la elección de Guillermo de Chièvres como arzobispo de Toledo. 

Los toledanos encargaron el control y organización de sus milicias a un personaje que pasaría a la historia, Juan de Padilla; que lo tenía cristalino: había que ayudar a Segovia, que también lanzó su auxilio a Madrid, León, Ávila, Salamanca y Medina del Campo. Ciudades donde los ánimos eran similares a los que se vivían en las ya levantadas.

Y mientras estas ciudades conformaban estructuras políticas independientes de las de la monarquía, el Consejo Real decidió mandar a Ronquillo una pequeña fuerza armada ―800 lanzas y 200 escopeteros― al mando de Antonio de Fonseca para resolver lo de Segovia. Pero aquél sabía que eso era lo mismo que enfrentarse a la caballería con un tirachinas. Los segovianos se sentían seguros tras su fuerte muralla, y el posible asalto podría acabar en escabechina para los suyos, por lo que decidió acercarse hasta Medina del Campo, donde la Corona disponía de un parque de artillería. ¿Y qué le respondieron los medinenses? Que verdes las habían segado. ¿Resultado? Más cabreado que una mona por la negativa recibida, y más al saber que los medinenses estaban del lado de los sublevados, les dijo a los suyos que leña al manzano, que está maduro. Y los suyos saquearon la villa y le prendieron fuego. Cómo sería el asunto, que una vez conocido, Castilla entera, la vieja y la nueva, se levantó en armas. Fonseca se vio obligado a licenciar a su ejército y salir por patas de España, buscando refugio en la Corte de Carlos. Desde allí, ya seguro, le dijo al regente Adriano algo así como: «Ahora te lo comes tú».

Recreación de la toma de Medina del Campo.

El momento cumbre de todo este embrollo llegó el 20 de septiembre de 1520, cuando los Comuneros entraron en Tordesillas. Viva la fiesta, que canta Chimo Bayo. Para Carlos V, lo más. Los comuneros, con Padilla, Bravo y Zapata a la cabeza, hablaron largo y tendido con Juana para convencerla y liberarla con objeto de que se convirtiera en lo que era: la reina legítima de España. ¿Qué dijo Juana? «Sí, sí: estad aquí a mi servicio y avisadme de todo e castigad a los malos, que en verdad yo os tengo mucha obligación».

Decir que Carlos estaba acojonado con el cariz del asunto es poco, pero ahí anduvo listo y supo apostar por una carta siempre ganadora: los grandes de Castilla. Si bien bastantes de ellos simpatizaron en un principio con los sublevados —que se le diera un escarmiento al joven emperador y tal. Que aprenda lo que es España. Eso defendían muchos de ellos—, las simpatías acabaron cuando aquéllos les amenazaron con despojarlos de sus señoríos. Dos de los Grandes de Castilla, lo más de los más ―el almirante don Fadrique Enríquez, y el Condestable don Íñigo de Velasco, a los que se unió el conde de Haro, primo del Condestable―, se pusieron al frente de un ejército imperial que contó con una financiación de 50.000 ducados gracias al matrimonio de Leonor, hermana de Carlos, con el rey Manuel el Afortunado de Portugal.

Total, que el ejército imperial recuperó la iniciativa, y tras diversos encuentros, desencuentros y escaramuzas varias, ajustaron cuentas con los Comuneros en Villalar. Fue el 23 de abril de 1521 cuando Padilla, Maldonado y Bravo cayeron prisioneros; y Juana regresó a Tordesillas, a su encierro. Lo demás ya es historia. ¿Y Carlos? El suspiro que pegó seguro que lo pudo escuchar Hernán Cortés, a lo suyo en tierras del imperio Azteca.

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