Una herencia por heredar y una viuda a la que atender

Víctor Fernández Correas nos cuenta en este artículo los pormenores de la herencia que recibió el futuro rey de Castilla, Carlos I, y una disposición a cumplir que le dejó su abuelo, Fernando, el apodado el Católico

Carlos ya era señor de los Países Bajos desde comienzos del mes de enero de 1515, pero el que pinchaba y cortaba era Guillermo de Croy, en quien delegaba el entonces imberbe Carlos.

Y un año después de estrenar tal condición, a Carlos le llegó desde España la noticia de la muerte de su abuelo materno, Fernando, aquel al que apodaron el Católico. Y, claro, eso de que también pudiera ser rey de España… Deseos que el tal Guillermo atizó que daba gusto: que si tenéis derecho a ello, que son vuestros territorios, que si sois el heredero…

Sin contar con que había otra persona heredera de esos derechos: su madre Juana. O sí, porque con la carencia de escrúpulos que le caracterizaba, Guillermo de Croy tenía clarinete qué destino le esperaba a la pobre. Sí, pobre.

Otra cosa no, pero De Croy conocía el vodevil español como las palmas de sus manos. Según le contaban, Juana, la heredera tras la muerte de su padre, ya venía dando sobradas muestras de estar más allá que para acá —algo que daría para hablar largo y tendido. Había que estar en su piel, aguantando esas intrigas palaciegas día sí y día también—. Así que, incapacitada la hija y muerto el padre, el heredero debía ser el nieto. Blanco y en botella.

El futuro Carlos V de España.

Pero Guillermo de Croy miraba más allá. El vodevil español, insisto. Para verlo. Hete aquí que había otro candidato a heredar los vastos territorios del abuelo Fernando: su otro nieto y hermano menor de Carlos. ¿El nombre? Fernando; al que su católica majestad —el abuelo, reitero— había criado a su lado. Conocía Aragón, todos le conocían también, estaba al tanto de los asuntos que concernían a su abuelo, a sus reinos… Y Carlos, mientras, en Flandes. Pues eso.

Así que, De Croy, que se olía la tostada, y deseando como deseaba que Carlos heredara todo lo heredable y más, envió a España a una persona de su confianza. Lo hizo antes de que Fernando la palmara y así dejar todo atado y bien atado. Y sí, lo dejó. La persona de confianza que De Croy mandó para España fue Adriano de Utrecht, quien con el tiempo sería el Papa Adriano VI. Adriano se lo curró de lo lindo para dejar claro a Fernando, el abuelo, que seguiría siendo regente de Castilla aunque la palmara su hija Juana. Eso correría por cuenta de su nieto Carlos. Y para que se lo terminara de pensar, le endiñaría 50.000 ducados anuales en concepto de alivio por el peso de tanto pensarlo.

Visto lo visto, el trato para que Carlos heredara los territorios de su abuelo Fernando parecía más que cerrado. Pero cuando uno está a punto de dar el último paso siempre surgen dudas. Y las de Fernando el Católico se resumían en una: si hacía bien apostando por Carlos en detrimento de Fernando, al que conocía de sobra. El extranjero y el natural de la tierra, y esas cosas. Dudar, dudó, y mucho. No obstante, los pocos consejeros que le acompañaron en el trance, los que siempre estuvieron a su lado, le aconsejaron que mejor no menear lo que ya estaba acordado. Para qué más problemas, vinieron a decirle. Y es que una posible guerra civil asustaba a cualquiera. Un nieto, Fernando, de apenas 12 años, por los 15 del otro, Carlos. Por mucho que éste no tuviera ni repajolera idea de lo que era bregar con los españoles —nivel Premium el desafío, sin duda—.

Total, que Fernando el Católico abandonó este valle de lágrimas el 23 de enero de 1556 en Madrigalejo (Cáceres). En consecuencia, y una vez muerto el abuelo Fernando, el joven Carlos se convirtió en heredero de sus territorios. Hasta que llegara a España, el Cardenal Cisneros, y Fernando, arzobispo de Zaragoza e hijo natural del Rey Católico, desempeñarían las labores de regencia en Castilla y Aragón, respectivamente.

Pero si todo lo anterior preocupaba a Fernando, hubo otra más que le quitaba el sueño, y es lo que le pidió a Adriano de Utrecht ya en las últimas: que su nieto se hiciera cargo de su joven esposa, Germana. Desvalida y viuda. Pobrecita ella. Es más, Fernando le pidió que la pusiera bajo su amparo y protección.

Adriano de Utrecht le dio su palabra de que así sería; de que Carlos se ocuparía de la desvalida viuda. Y vaya si lo hizo el joven Carlos. Como que se lo tomó muy a pecho, vamos. Que la palabra dada a su abuelo no cayera en saco roto, y eso.

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