La pasión de Carlos V por la cerveza

Se puede decir que, de entre todas las bebidas, la cerveza era la que más le apasionaba

Al emperador Carlos V le encantaba la cerveza. Quizás por haber nacido en la tierra que nació (Flandes), y quizás también por haberse criado en Malinas, donde se fabricaba la cerveza que más le gustaba.

Carlos V era un gran amante de la cerveza. Tanto, que en la actualidad se pueden encontrar algunas marcas que utilizan al emperador como reclamo; y que dicen seguir la tradición de la receta de cerveza que tanto le gustaba consumir. En este caso, se puede decir que la que más se parece a aquella cerveza es la Gouden Carolus.

Una cerveza que, como decimos, se elabora siguiendo la receta —y el gusto del emperador— que ya utilizaban en el beaterio de Het Anker desde el siglo XV; donde las mujeres que allí vivían en régimen semi-monástico preparaban una cerveza cremosa, tostada y amarga. Sin duda, la cerveza que mejor maridaba con los platos de carne que tanto le gustaban.

Cerveza Gouden Carolus.

Una cerveza que, como curiosidad, “tiene un color oscuro y una espuma delicada, al paladar es equilibrada como resultado de la mezcla de maltas aromáticas y caramelizadas, y al uso de una levadura de alta fermentación. Es gracias a esto que se obtiene una variedad de cerveza que combina toques de plátano, cereza y vino de Oporto, puesto que es en barriles de esta variedad vinícola donde fermenta esta cerveza”, explica Jacobo Olalla, director general de la Asociación de Cerveceros de España. Y de alta graduación, añadimos, 8,5 grados.

En definitiva, fue tanta la pasión que el emperador Carlos V sentía por la cerveza, que mandó instalar una factoría para fabricarla en su retiro de Yuste. La fábrica quedó a cargo de Enrique Van der Hesen, maestro cervecero de Flandes.

Era tan buena la cerveza que este maestro le preparaba, que le pagaba en vida doscientos cincuenta florines anuales. Además, Carlos V especificó en su testamento que se le dieran ciento cuarenta florines de pensión de por vida y cincuenta mil maravedís por costes. Mucho dinero para la época, sin duda.

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