El monasterio de los grilletes liberados

El cenobio guadalupense contaba con un espacio reservado para los grilletes de aquellas personas que habían sufrido cautiverio

El Monasterio de Guadalupe contaba con un espacio reservado para los grilletes liberados. Por eso, el reo más famoso de las letras españolas que sufrió cautiverio, Miguel de Cervantes, viajó hasta Guadalupe para ofrecer a su virgen las cadenas de su cautiverio en Argel.

Hubo un momento en que el Monasterio de Guadalupe contaba con un espectacular espacio reservado para grilletes de personas que habían sido liberadas de su cautiverio.

Cuenta la tradición que la Virgen de Guadalupe estaba rodeada de exvotos de todo género, no sólo cadenas: cabezas, pies, manos y cuerpos de cera, pero también bastones y muletas, vendas, mortajas, cabellos cortados y, cómo no, una gran cantidad de grilletes, cadenas y anillas traídas por cautivos liberados de su suplicio en tierras extranjeras. Objetos todos ellos traídos por quienes habían obtenido merced de la virgen tras invocarle auxilio.

GUADALUPE CAROLUS V EMPEROR

Una de esas personas fue Miguel de Cervantes, quien en 1580 acudió hasta el Monasterio de Guadalupe para ofrecerle a la virgen las cadenas que le privaron de la libertad durante su cautiverio en Argel.

El mismo Cervantes relató cómo fue ese momento en su novela póstuma Los trabajos de Persiles y Segismunda de la siguiente manera:

«Apenas hubieron puesto los pies los devotos peregrinos en una de las dos entradas que guían el valle, que forman y cierran las altísimas sierras de Guadalupe, cuando, con cada paso que daban, nacían en sus corazones nuevas ocasiones de admirarse; pero allí llegó la admiración a su punto cuando vieron el grande y suntuoso monasterio, cuyas murallas encierran la santísima imagen…que es libertad de los cautivos, lima de sus hierros y alivio de sus pasiones… Entraron en su templo, y, donde pensaron hallar por sus paredes pendientes por adorno las púrpuras de Tiro, los damascos de Siria, los brocados de Milán, hallaron en lugar suyo muletas que dejaron los cojos, ojos de cera que dejaron los ciegos, brazos que colgaron los mancos, mortajas que se desnudaron los muertos».

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