La emperatriz del Clavel

Gracias a la emperatriz Isabel, el clavel pasó de ser una flor desconocida a este lado del Mediterráneo a otra que ya es un símbolo de España

En su luna de miel en Granada, el emperador Carlos V decidió regalarle flores a su esposa como símbolo de su amor eterno. Pero no unas flores cualesquiera, sino claveles, desconocidos hasta la fecha en Europa, pero no en Oriente.

Quizás recordando la flor que sostenía su abuelo Maximiliano en un retrato pintado por Joos van Cleve, y que trajo expresamente desde Persia para su primera esposa, María de Borgoña, madre de Felipe el Hermoso, el emperador decidió realizar el mismo obsequio a Isabel. De hecho, se cuenta que el emperador nunca olvidó las lágrimas que derramaba su abuelo mientras le hablaba de ella.

Retrato de Maximiliano I.

Por eso decidió regalarle la misma flor a su esposa, la emperatriz Isabel. Para eso, también hizo traer la flor desde Persia, y que le entregó en prueba de su amor eterno. Tal fue su aceptación, que la emperatriz le pidió que la plantara por miles en los jardines de La Alhambra.

Así, aquellos meses se convirtieron en tiempo de conocimiento mutuo, pero también en meses llenos de pasión. Se dice, incluso, que a la emperatriz le gustaba dormir recostada en el pecho del emperador; y que se quedó embarazada una tarde de agosto, como dejó escrito Garcilaso de la Vega: «Aconteció en una ardiente siesta viniendo de la caza del jabalí».

Desde ese momento, el clavel se puso de moda en España, y su cultivo se extendió a este lado del Mediterráneo. Y a Isabel, se la llamó desde entonces La emperatriz del Clavel.

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