Los pintores del emperador Carlos V

A lo largo de su vida, diversos pintores le retrataron, siendo Tiziano su pintor por excelencia

Desde su más temprana edad hasta antes de morir, el emperador Carlos V fue retratado por algunos de los pintores más afamados del momento. En especial por uno de ellos, que ya ha adquirido la categoría de genio universal, como es Tiziano.

Desde sus primeros años, el llamado a ser emperador Carlos V entendió que sería motivo de interés por parte de distintos pintores. De esa época de la niñez es el retrato que cuelga de las paredes del Schloss Ambrass Innsbruck y cuya autoría sigue siendo anónima.

Poco después, también posó para Bernhard Striegel, retratista de la corte de Maximiliano I. En 1515, en concreto, realizó un retrato en el que presentó a la familia imperial como miembros de la familia de Cristo.

Ya más adelante, en 1530, sería Jan Vermeijen el Barbudo, quien lo retrató una vez coronado como emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, y donde ya se atisban los rasgos que serían generales en las pinturas posteriores.

Karel V (1500-1558), keizer van het Heilige Roomse Rijk

En esa época, la de más esplendor del emperador, sería Tiziano quien se encargó de inmortalizar al emperador en algunos de sus momentos más míticos. En 1532, fue la primera vez que Carlos V posó ante el pincel del gran pintor italiano, que lo presentó como un hombre joven a punto de acometer un proyecto tan abrumador como agotador.

Uno de esos momentos míticos fue el que Tiziano pintó en 1548 por encargo de María de Habsburgo, hermana del emperador: su estampa victoriosa tras la batalla de Mühlberg. Ese mismo año, además, también aprovechó para retratarle en una pose que anunciaba lo que acabaría ocurriendo siete años después, como fue su renuncia al trono y la retirada definitiva al Monasterio de Yuste.

Por último, no podemos olvidar el retrato de los emperadores, es decir, Carlos V e Isabel de Portugal, que Tiziano pintó años después de fallecer ésta —y a la que, según se cree, nunca conoció—, del que se conserva una versión de Rubens, pues el original se perdió en el incendio del Alcázar de Madrid de 1734.

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