Habemus heredero

Felipe II nació en Valladolid en mayo de 1527, en medio de un escenario nada favorable al emperador

Carlos e Isabel cambiaron Granada por Valladolid, donde se celebrarían Cortes en 1527. Nos lo cuenta Víctor Fernández Correas.

Eso mosqueó a más de uno y de dos, pero el patio estaba como estaba: Francisco se la tenía jurada a Carlos, y para complicarle la vida decidió aliarse con Enrique VIII —y Wolsey, su cardenal y consejero, marcándose un zapateado que no se puede aguantar—; los estados italianos, que eran pequeños pero matones y tenían perras para aburrir, también se aliaron entre ellos para hacer frente al emperador, al que temían más que un labriego a una tormenta. Venecia incluida, ojo, que a los venecianos siempre había que tenerlos en cuenta; su santidad, Clemente VIII, que mojaba en todas las salsas, y la de aquellos estados italianos le hacía chuparse los dedos; y Solimán el Magnífico, el turco, que también se convertía en aliado de… ¿adivina adivinanza? En efecto, de Francia. Por un lado, Francisco, deseando devolver al emperador lo de Pavía, y por el otro el turco a galopar, a galopar hasta enterrar a los imperiales en Budapest, que era la ciudad más reconocida del imperio que le caía más a mano. Precioso, en suma, el panorama al que se enfrentaba Carlos. Como para no convocar Cortes.

Así que a Valladolid se trasladó la corte al completo, en pleno invierno, con Isabel en plan huevo Kínder. Que en el siglo XVI no se conocía el sexo de lo que venía hasta el momento de su nacimiento, y a ver en qué condiciones. Que esa era otra.

Isabel entró en Valladolid tal que un 22 de febrero ante la expectación popular, que la vio pasar por sus calles en litera llevada a hombros de veinticuatro porteadores —rotando. No pienses que la llevaban todos a cuestas—. Con tanto cuidado la transportaban, que un testigo del momento refirió haber presenciado más un cortejo fúnebre que la llegada de la emperatriz, de ahí que dejara para la historia la siguiente frase: «Nunca vi un espectáculo semejante». Cómo sería.

Valladolid, mes de febrero. Con el grajo volando a ras del Pisuerga. Te puedes imaginar entonces el frío que hacía. Ella, acostumbrada a Lisboa, y encima después de haber disfrutado de Sevilla y Granada, iba a dar a luz en Valladolid. Pero a todo se hace el cuerpo, y el 21 de mayo de 1527 parió al heredero de Carlos, que recibió por nombre Felipe tras un parto que duró cerca de diecisiete horas. Sí, diecisiete: desde la aparición de los primeros síntomas antes de la medianoche, hasta bien entrado el mediodía del día siguiente. Doloroso, muy doloroso. Y sin que la emperatriz dijera una palabra más alta que otra. Es más, ni abrió la boca. Si hasta le llegaron a recomendar que chillara, que eso relaja y tal, a lo que ella respondió «Eu morrerey, mais non gritarey». A eso se le llama tenerlos bien puestos.

Y fue varón la criatura a la que la emperatriz dio a luz a eso de las cuatro de la tarde del día referido. Y Carlos, ole con ole. ¡Un varón! Tan encantado de la vida estaba que dedicó las siguientes jornadas a enviar cartas por toda España para anunciar la buena nueva; nacimiento que fue celebrado con alborozo por todo el pueblo, y que culminó el 5 de junio con el bautizo de Felipe en la iglesia de San Pablo.

¿Y por qué Felipe? Que te he visto, que te lo has preguntado. La elección del nombre también tuvo su miga, pues los presentes en la iglesia —Sandoval lo narra que da gusto en sus crónicas— esperaban escuchar el nombre de Fernando por el abuelo paterno de Carlos —el Católico—, y asimismo por la legendaria figura del tercero de la saga. Y no, fue Felipe en homenaje a su padre fallecido de manera tan prematura.

El nacimiento de Felipe se celebró por todo lo alto, que para eso era el heredero, a pesar de los negros nubarrones que se cernían sobre el horizonte —Solimán, el turco, dejando Hungría como un solar tras la carnicería de Mohacs, ocurrida en agosto del año anterior—. Alegría y felicidad que tornó en preocupación con la llegada a Valladolid de la noticia del asalto de las tropas imperiales a Roma tras poner cerco a la ciudad; con el duque de Borgoña, su jefe, muerto en la refriega; y su Santidad, Clemente VIII, hecho prisionero.

Y lo que es peor: sus tropas, sin control alguno, sueltas por Roma con cuerpo jotero. Tengo, vida mía, miedo, mucho miedo, que cantaba la más grande. La Jurado, vamos.

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